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Ene 29

Un concierto desconcertante

Inmaculada Sosa Borrego

(Escucha el vídeo mientras lees el artículo)

“Concierto en el huevo” – El Bosco

Inauguramos este espacio con una interesante pintura de El Bosco que nos sirve como ejemplo para conocer su particular forma de ver y mostrar la vida. Gracias a su gran imaginación, un “simple” concierto se convierte en una escena llena de simbolismo cuya finalidad es, al igual que en el resto de su obra, reflejar la condición pecaminosa del ser humano. Esta idea siempre viene acompañada de paisajes fantásticos, criaturas demoníacas y toda clase de elementos –en muchas ocasiones, instrumentos musicales- que, aunque parezcan colocados al azar, llevan consigo un fuerte simbolismo.

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Autor/a: El Bosco (copia de una obra del siglo XVI)
Título: Concierto en el huevo
Fecha: Siglo XVI
Técnica: Óleo sobre lienzo
Medidas: 365 x 126 cm
Localización:

Museo de Bellas Artes de Lille, Norte-Paso de Calais (Francia)

 

Contexto

Desde mediados del siglo XV el norte de Europa estuvo agitado por un período de crisis religiosa en el que la población esperaba la llegada del fin del mundo anunciado por las escrituras. Un período en el que los valores y pensamientos medievales comienzan a desintegrarse para dar lugar al humanismo, al androcentrismo y a la llegada de un nuevo universo donde tendrá lugar una paulatina pérdida de la magia y poder de la Iglesia como consecuencia de la decadencia de éstos a causa de su opresión a través de instrumentos como la Inquisición.

 Pensadores como Jan van Ruysbroeck (1293-1381), teólogo y escritor místico que introdujo la Devotio Moderna -una doctrina que defendía la espiritualidad y la práctica interna de la vida cristiana muy ligada al incipiente pensamiento humanista- fueron decisivos en este contexto espaciotemporal. Si a esto sumamos las numerosas y extrañas manifestaciones de fervor religioso desarrolladas a lo largo del siglo XVI que contribuyeron a crear un ambiente fantasioso y misterioso en el que eran frecuentes las persecuciones de brujas, prácticas mágicas o alquimistas tenemos como resultado el universo bosquiano –aunque llevado al extremo-. En él, lo más importante para el ser humano debía ser seguir el “buen camino” de modo que, en el momento del Juicio Final –que se creía cercano-, pudiese salvarse y entrar en el Reino de los Cielos. Esto fue representado en el arte mediante todo tipo de manifestaciones, pero siempre con una clara intencionalidad moral –quisieran o no-, pues lo contrario, corrían el riesgo de ser condenados a la hoguera.

Comentarios de la obra

A simple vista se observa un grupo de diez extraños personajes dirigidos por un fraile y reunidos en torno a un libro de canto. Éstos salen del interior de un huevo de gran tamaño a través de una amplia rotura que parece haberse provocado recientemente en su cáscara, pues aún presenta pequeñas grietas y fragmentos sueltos. Del interior del huevo nacen dos árboles de aspecto esquelético y quebradizo, de los cuales penden una serpiente (derecha) y una cesta con alimentos –a modo de naturaleza muerta- junto a un jarrón o ánfora de barro (izquierda). A través de otros tres orificios se pueden ver un mono con una especie de instrumento de viento que, mientras observa el paso de una tortuga, dirige su mirada directamente al espectador; un ladrón de reducido tamaño y rostro sombrío que roba una bolsita al religioso ante la atenta mirada de un personaje híbrido con cuerpo humano y cabeza de bestia ataviado de juglar mientras toca un laúd; y, por último, un brazo que pretende alcanzar un pescado asado que ha sido previamente cocinado por otro ser híbrido, en este caso hombre-gato. Tras éste se encuentra una hoguera, mientras que en el otro extremo del lienzo se sitúa una extraña escena secundaria –posiblemente una ritual satánico- en miniatura en la que pueden observarse una serie de caballeros en torno a una mesa junto a los cuales hay una mujer desnuda y hacia quienes se dirigen tres misteriosos personajes con máscaras portando objetos no identificados en sus manos. A su derecha se pueden intuir otros personajes que parecen sufrir mientras gritan y se tapan los oídos.

Verdaderamente se trata de un panorama que parece sacado de un sueño, o más bien una pesadilla. No debe extrañarnos ya que si consultamos otras pinturas del artista, veremos cómo estas escenas son típicas en El Bosco, e incluso mucho más estrambóticas que ésta. Pero todas ellas están creadas con un trasfondo ético y moral en el que, a través de diversos elementos iconográficos y símbolos se alude a la condición pecaminosa del ser humano.

La pintura se inspira en una historia del humanista Sebastian Brandt (1457-1521) llamada La nave de los locos, obra satírica escrita en 1491 donde se narran los hechos acaecidos a la humanidad durante un viaje en barco en que salen a flote sus deseos y pasiones. De hecho, el mismo artista ya realizó una pintura con el mismo nombre, cuyo esquema sigue el Concierto en el huevo.

La composición se aleja totalmente de los cánones italianos imperantes en la época relacionados con el dominio de la perspectiva y la simetría. Ocupa el centro un enorme huevo blanco y brillante de sobre el cual se reúnen diez personas para dar un concierto. A través del brazo del fraile se dirige la mirada hacia un libro de canto, cuya partitura ha sido identificada como una coral profana de tema amoroso, obra del famoso músico del siglo XVI Thomas Crecquillon (1510-1557). Del mismo modo, la vista del espectador es guiada hacia la parte inferior mediante la cuerda que cuelga de la cintura del clérigo, de ahí pasamos al laúd, que nos envía hacia el mono y, posteriormente, a la zona inferior izquierda.

Pero es necesario prestar atención a todos los detalles que enriquecen la obra, tanto de la escena central en conjunto como de todos sus elementos individuales, los cuales no sólo hay que verlos –como ya han sido descritos- sino entenderlos. Todos ellos están tratados minuciosamente, algo típico de los pintores flamencos.

El elemento que reina en toda la obra es la falta de cordura, manifestada a través de los raros tocados que llevan los personajes –un molino, un embudo e incluso animales- además de sus rostros y expresiones. Algunos son híbridos –mitad animal, mitad humano- y en ellos prima su “bestialidad” por encima de la “humanidad” debido a que la zona superior es animal (por ejemplo, un minotauro es considerado más “animal” que un centauro, pues el minotauro tiene torso animal, mientras que el centauro, lo tiene humano).  También se alude a valores negativos como la lujuria o las tentaciones –arpa, laúd, serpiente, mono, canción de tema amoroso- o la muerte –árboles deshojados, oscuridad, urracas-. Pero a esta idea se contrapone un mensaje de esperanza y regeneración –cigüeña como llegada de una nueva vida, fuego purificador, pez como símbolo de Cristo, tortuga como símbolo de concentración y sabiduría ante el ataque de las tentaciones o huevo como futuro-.

Por tanto, el mensaje de Concierto en el huevo es una alegoría de los males que circundan al ser humano durante su vida, los cuales se pretenden evitar mostrando que esas acciones llevan al castigo divino en caso de no optar por una vida pura y ortodoxa, a la cual siempre se puede “regresar” para purificarse si se tiene fe y esperanza. En caso contrario, los inconscientes serán castigados no sólo con el fuego eterno, sino con otras amenazas como la locura, la incredulidad o la estupidez. Un mensaje de claro contenido moral tratado con lenguaje satírico, fantasioso y apocalíptico, muy acorde con el pensamiento de la época tan ligado al milenarismo, donde se pretende poner en valor la responsabilidad del ser humano según las ideas religiosas.

El artista

Hieronymus Bosch o Jeroen van Aeken, nacido en Bolduque hacia 1450, fue un pintor flamenco que desarrolló su obra en el período artístico comprendido entre el Gótico Final y los albores del Renacimiento. Creó un mundo irreal lleno de simbolismo a través de sus pinturas en el cual estaban presentes los males, tentaciones y pecados de la humanidad.

Procedía de una saga de pintores, los van Aeken, naturales de Aquisgrán. Se formó en el taller familiar aprendiendo la técnica del estofado –dorado de esculturas lignarias- y la elaboración de objetos sacros. Tras la muerte de su padre, Hieronymus continuó junto a su hermano trabajando en el negocio hasta que comenzó a desarrollar su producción en solitario. Gracias a su enlace matrimonial con Aleid van de Meervenne, procedente de una rica familia de comerciantes pudo acceder a la alta burguesía teniendo así la posibilidad de desarrollar libremente la temática de su arte, pues por aquel entonces la mayoría de los artistas trabajaban por encargos de las diferentes órdenes religiosas, papas, reyes o nobles –mientras que sus obras se encuentran principalmente en colecciones privadas-.

En su mundo se entremezclan leyendas, historias fantásticas, proverbios y frases de su época  donde utiliza el repertorio iconográfico de los bestiarios medievales. Igualmente muestra influencias de la Devotio Moderna y las ideas de la Ilustre Hermandad de nuestra Señora –una prestigiosa cofradía en cuya capilla está enterrado, dedicada al culto de la Virgen y obras de caridad que influyó notablemente a Erasmo de Rotterdam-, además de manifestar conocimientos esotéricos y de alquimia. Estilísticamente, recurre a la escuela pictórica alemana –Schongauer, Grünewald o Durero- en el uso de colores llamativos, la expresión y el carácter caricaturesco de sus personajes. A todo esto hay que añadir una triste experiencia que tuvo cuando aún era un muchacho: un incendio en su aldea. Esta visión macabra de personas gritando entre las llamas parece que se le quedó grabada en la retina de tal forma que, mientras pintaba, miraba por la ventana el lugar del desastre donde decía ver gente enlutada transportando en carretas los cuerpos calcinados de las víctimas -a pesar de no existir- por lo que su familia tomó conciencia rápidamente de que era capaz de ver más allá del ojo humano. También se ha hablado de su posible pertenencia a los Hermanos del Libre Espíritu, una secta herética y panteísta que defendía la promiscuidad sexual y buscaba alcanzar la pureza de Adán antes de ser desterrado del Paraíso Terrenal.

Toda esta complejidad fue llevada a la pintura a través del tratamiento humorístico y satírico de los males y vicios humanos creando composiciones fantasiosas plagadas de elementos irreales, lo que ha llevado a ganarse el calificativo de “el surrealista del siglo XV”. Del mismo modo fue una gran fuente de inspiración para otros artistas flamencos como Brueghel el Viejo, llegando su transcendencia hasta pintores más recientes como el expresionista Ensor o los surrealistas Dalí y Max Ernst.

Su finalidad era concienciar a la humanidad del castigo divino, siendo la única solución seguir como modelo las vidas de los santos y Cristo. Para ello creaba escenas desconcertantes plagadas de seres monstruosos e incluso demoníacos, tratados con un singular detallismo que evolucionará en su última etapa hacia unas figuras de mayor tamaño.

La mayoría de las obras del pintor se encuentran sin fechar ni firmar, siendo solamente reconocida su autoría en cuarenta. La gran mayoría –un total de treinta y seis- fueron adquiridas por Felipe II, por lo que actualmente pueden contemplarse en el Museo del Prado muchas de ellas. Esto provocó que fuesen también españoles los primeros críticos que estudiaron la obra del artista, concretamente Felipe de Guevara y el Padre Sigüenza. Curiosamente, la muerte del monarca español–causada por una gran locura- se relacionó con el aprecio que éste tenía a las obras del autor, pues dicen que pasaba las horas muertas contemplándolas. Se cuenta que poco antes de morir en su lecho de muerte Felipe II gritaba las palabras “el perro negro y el hombre de negro” a la vez que hacía referencia a unas pinturas que decoraban su alcoba. Al poco tiempo, mientras lo dejaban descansar, se escuchó un tremendo ruido y, cuando acudieron a ver lo sucedido, contemplaron a los pies de la cama una especie de perro negro que parecía venido del mismo infierno. Pero aún en nuestros días se comenta que los trabajadores del Escorial ven un perro negro o un hombre vestido de ese mismo color deambulando por sus pasillos durante la noche. Desde entonces, el Padre Sigüenza mandó crear la Orden de la Mano Blanca para acabar con todo aquello relacionado con “el pintor maldito”. Incluso tuvo que disculpar la obsesión del rey por El Bosco, ya que podía traerle problemas relacionados con el Santo Oficio por escribir en defensa de su ortodoxia y fidelidad a la naturaleza y criticar a quienes no valoraban su producción o lo acusaban de hereje por no ser capaces de comprender lo que veían.

Esta asociación a lo maldito y lo diabólico ha provocado durante siglos su denominación como “fabricante de diablos” (Jan Gossart, 1478-1532), “inventor de cosas extrañas y fantásticas” (Lodovico Guicciardini, 1521-1589), “creador de extrañas apariciones y aterradoras y horribles sueños” (Giovanni Lomazzo, 1538-1600), “creador de diablos que no tuvo rival en el arte de representar demonios” (Mark van Vaernewijck, 1518-1569) o “pintor de truculentas escenas de espeluznantes y horribles fantasmas del infierno” (Karel van Mander, 1548-1606) pues se pensaba que en la Baja Edad Media pocos hombres podían revelar así sus pensamientos, a no ser que fuesen hechiceros o locos, poseídos por el mismo demonio. Por ello se hablaba de él más como un “fenómeno extraño” que como un artista, siendo prácticamente olvidado hasta finales del siglo XIX, cuando se comenzó a estimar su labor pictórica.

Afortunadamente en nuestros días El Bosco y su producción está totalmente valorada. Incluso se está preparando para el próximo 2016 una exposición en el Museo del Prado para conmemorar el V aniversario de su muerte. A pesar de todo debemos tener en cuenta que lo que El Bosco muestra en sus pinturas no son invenciones o pensamientos estúpidos, sino las acciones de la humanidad, por lo que su obra es un auténtico libro de sabiduría más que unos simples lienzos incomprensibles y oníricas.

Nota sobre el vídeo:

Acompañamos esta pintura con el motete “Anthoni usque limina”, obra de Antoine Busnoys (1430-1492, Brujas). Fue uno de los más renombrados compositores de música sacra de la escuela franco-flamenca –después de Guillaume Dufay-, además de poeta y músico en la capilla del Duque de Dijon.

Su estilo se decanta por la expresividad y no por la técnica, como sus maestros y su música está llena de mensajes a través de acrósticos y juegos de palabras. Un ejemplo de ello es la letra de esta obra, la cual, en latín, comienza con los versos “Anthoni usque limna” y termina con “ómnibus noys”, formando así su nombre y apellido.

A través de esta composición sacra se alude a San Antonio abad y sus tentaciones, lo cual es narrado de la siguiente forma:

“Antonio llama a los límites de la tierra y el mar y aún más, por la provisión de Dios, ya que ha derrotado ataques demoníacos con valentía varonil. Escuchad el coro cantando sus obras con dulce canción. Proteged este coro con su ayuda, desde el pozo negro del infierno, de modo que, después de este valle de lágrimas, el fuego de Satanás no nos abrase”

Se trata de una forma diferente de mostrar el pensamiento de la época manifestado por El Bosco: la necesidad del ser humano a enfrentarse a los pecados y males del mundo para conseguir su salvación.

Bibliografía:

  • (1989) BOSING, W. El Bosco, 1450-1516: entre el Cielo y el Infierno. Taschen America, Los Ángeles.
  • (1948) BRANS, J. Hieronymus Bosch (El Bosco): en El Prado y en el Escorial. Ediciones Omega, Barcelona.
  • (2007) CASTELLI, E. Lo demoníaco en el arte: su significado filosófico. Siruela, Madrid.
  • (1991) MATEO, I. El Bosco en España. Consejo Superior de Investigaciones Científicas: Arte y artistas, Madrid
  • (1979) OLIVAR, M., PERICOT, L., VICENA, F. et alii. Historia del Arte, Tomo 6. Salvat, Barcelona.
  • (1980) PIJOÁN, J. y COSSÍO, M. B. Summa Artis: El Arte del Renacimiento en el Norte y el Centro de Europa (volumen XV). Espasa-Calpe, Barcelona.
  • (2011) PITTS, V. El Bosco. Parkstone International, Nueva York.
  • (2007) REVILLA, F. Diccionario de iconografía y simbología. Cátedra, Madrid.

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